Vi unas extrañas formas sobre un puesto de artesanías: Algunos eran muy grandes como calabazas gigantes, otros similares pero, de tamaño más reducido y una tercera que parecía un extraño animalito –semejante a un erizo-con una capazón del tamaño de la palma de mi mano, de la que emergían púas o flejes metálicos. Me acerqué a tratar de develar el misterio y la artesana Eyelen Nievas, me aclaró que los objetos misteriosos eran instrumentos musicales africanos reproducidos por ella, una profesora y compositora de música de la ciudad de La Plata, Provincia de Buenos Aires, que se confiesa enamorada del folklore argentino y de sus más lejanos antecedentes, como la música africana. Me contó una historia: Las mujeres en África eran las que transportaban todos los enseres domésticos, incluyendo a uno fundamental, el agua, mientras los hombres se limitaban a caminar atentos, con sus armas dispuestas a defender a la comunidad de los animales feroces y de los más feroces depredadores, los mercaderes de esclavos. Para transportar el agua construían esas grandes vasijas de cerámica que, cuando se vaciaban, les servían como instrumentos musicales de percusión que al ser golpeadas producen voces graves las más grandes y agudas las más pequeñas. Acompañados de los otros caparazones con flejes que, digitados largan un sonido similar a la marimba. Entonces, a su ritmo, solían bailar y cantar no solo por diversión como es costumbre entre nosotros, lo hacían para comunicarse con sus dioses tutelares para rogarles un buen viaje, el descubrimiento de nuevos pozos de agua que les permitan llegar felizmente a la tierra feraz, de abundancia ilimitada, donde criar a sus hijos y ser felices. Me pareció una bella historia y recordé haber visto que los guaraníes lo primero que hacen al levantarse es bailar y cantar porque de esa manera se comunican con sus deidades, ya que ellos saben que la música es el lenguaje de los dioses. Conectada a esta historia descubrí -observando en detalle- que una de esas grandes vasijas tenía modelada una cabecita humana y dos brazos sobre un vientre enorme, era la representación de la Pacha Mama según Ayelen Nievas, quién además le rendía honores a la Diosa, con hierbas desparramadas y granos de maíz sobre el mostrador de su puesto. Es que a pesar de vivir en una gran ciudad, siente nostalgias de Colón, de su naturaleza, su tierra, su río, su flora y su fauna a la que visita regularmente desde hace más de 20 años.